Antonio Marqués empezó el siglo XX vendiendo puerta a puerta y lo terminó al frente de un patrimonio construido finca a finca. Compró tierra cuando en España todavía se medía en fanegas y celemines, y aprendió el oficio de la única manera que se aprende: pisándolo.
Después llegaron las ciudades. Creció con ellas.
Tres generaciones más tarde, ese patrimonio sigue en la familia y sigue creciendo. Lo administramos nosotros. Y junto a él, el de un número reducido de familias que nos han confiado el suyo.
No separamos una cosa de la otra. Aplicamos el mismo criterio, el mismo horizonte —décadas, no trimestres— y la misma discreción, porque en esta casa las dos carteras se deciden en la misma mesa.
Desde principios del siglo XX. Tres generaciones. Patrimonio propio y de terceros.